miércoles, 19 de junio de 2013

Día 1. 05/06/2013

Todo comenzó un viernes cualquiera, un 31 de mayo. El detonante: una flecha; el detonador: kilos y kilos de ilusión, guardados entre aurículas y ventrículos esperando su momento adecuado, la sonrisa más bonita, la mirada más enternecedora... listos para invadir todas las venas del cuerpo como el agua salvaje que irrumpe en los cauces al abrir de la presa.

Era miércoles, 5 de junio, un miércoles cualquiera también… pero sólo lo fue hasta las 6 y 45 de la tarde. 

Un paso de cebra entre mensajes de curiosidad, una esquina entre dos besos por educación, un paseo, cinco pasos y el detonador hizo el resto. Cuentan algunos testigos que vieron pasar un pequeño ángel juguetón, provisto de arco y flechas, otros dicen que sus manos nerviosas ya buscaban tocarse al tercer segundo, y otros, aún sorprendidos, aseguraban que tras ellos iban dejando un rastro de polvo de estrellas.

Un paseo entre palmeras y abedules, un templo de reducido tamaño, una reunión de occidentales y taichí, un piso de folclórica y un elefante con unicornio jugando a las cartas, un parque, un banco, un atardecer y muchas risas, unas miradas furtivas, unas sonrisas talladas desde el corazón.

Se persiguieron a lo largo del banco, se arrinconaron, se separaron y se volvieron a acercar. Entre anécdotas y planes para conquistar el mundo se miraban, se imaginaban, se mordían y se pensaban como uno mismo, sin aún querer darse cuenta que ya eran dos. Se rozaban, pero se querían traspasar. Se escuchaban, pero querían que el otro les callase. Se reían porque la risa calmaba los nervios, se temían porque deseaban que el otro les fuera a cuidar.

Tres besos dulces, cortos y cercanos como se dan las parejas que se saben el uno del otro, después, los de verdad: primero un beso corto, tras él, otro más continuado y de mayor intimidad, el tercero unió sus almas y sus corazones, sus ilusiones, sus labios y sus caricias. Un beso que selló el pacto eterno, un beso perfecto, como si sus bocas llevaran besándose desde años atrás, un beso precioso como si sus lenguas se abrazaran entre sus labios, como si festejaran con la dulzura de una caricia que por fin habían conseguido encontrarse. 

Un beso, un hasta pronto, un no te quiero soltar, un agárrame fuerte, un no me quiero marchar. Un miércoles que amaneció “cualquiera”, un miércoles marcado por siempre en letras mayúsculas como “especial”.